Capítulo 10 – El umbral
Las vacaciones de verano pasaron rápido y, sin notarlo, comencé a ceder más espacio a mi feminidad. Un día caluroso de septiembre, por ejemplo, me encontré usando un vestido por voluntad propia. Era amarillo, con flores pequeñas. No era la primera vez que lo usaba, pero sí la primera que lo hacía sin que mi mamá lo sugiriera. Me lo puse porque me apetecía. Me pareció fresco, bonito… cómodo. Me sentí bien llevándolo puesto. Y eso me desconcertó más de lo que quise admitir.
¿Desde cuándo me pongo vestidos porque quiero?, pensé mientras me miraba al espejo. La imagen que devolvía no era la de un chico disfrazado. Era una niña. Me dolía admitirlo pero cada vez me sentía menos como el chico que fuí y más como la chica que era ahora. Una niña con un vestido amarillo de flores, que sonreía sin darse cuenta.
Mariana, mientras tanto, había comenzado una relación con un chico que conoció en su curso de verano. Me contaba cada detalle: los mensajes, los besos, las caminatas en silencio. Yo escuchaba con atención, asintiendo en los momentos adecuados, preguntando lo que se esperaba que preguntara. Intentaba alegrarme por mi amiga, pero no podía evitar imaginarme a mí misma viviendo cosas similares… con Gabriel.
Mariana pareció leerme la mente.
—¿No vas a hablar con Gabriel? —preguntó con naturalidad, mientras compartíamos unas papas en su sala.
—No —respondí, desviando la mirada hacia la televisión apagada—. Es mi mejor amigo… Las cosas están raras. Lo mejor será darnos tiempo.
Y sin darme cuenta, los días pasaron. De pronto, estaba comprando uniformes nuevos con mis padres, preparándome para la secundaria. La ropa era diferente: ya no era la falda de cuadros de la primaria, sino una más larga, de color azul marino, con una camisa blanca y un suéter con el escudo de la escuela. Pero seguía siendo falda. Seguía siendo uniforme de niña.
Mariana no iría a la misma escuela: sus papás habían optado por una institución privada. Yo lo sabía desde antes, pero no por eso dolía menos. Iba a extrañar a mi mejor amiga. Iba a extrañar sus risas, sus confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensarlo. Ella había sido mi ancla en este nuevo mundo, y ahora tendría que navegar sola.
Gabriel, en cambio, sí estaría en mi misma secundaria. No compartiríamos grupo —lo recordaba de mi vida anterior—, pero al menos estábamos en el mismo plantel. Lo sabía por mis recuerdos de mi otra vida, de cuando fui Romeo. Recordé a los amigos que había tenido en esa época: Miguel y Enrique. Pensé que tal vez podríamos reencontrarnos, pero pronto lo descarté. Miguel, aunque tímido, terminó por convertirse en un acosador incansable que no respetaba a las chicas. Y Enrique… Enrique era un patán. Recordaba haberlo visto levantarle la falda a una compañera en primer año. Definitivamente no los quiero cerca de mí, pensé con asco.
Sentí una punzada de tristeza al aceptar que mi antigua vida quedaba cada vez más atrás. Esos amigos, esas experiencias, ese chico que fui… todo se desdibujaba lentamente. Pero luego pensé en Mariana. En esta nueva realidad éramos inseparables, y eso no lo cambiaría por nada. Tal vez esta etapa también me traería nuevas sorpresas. Tal vez conocería a otras personas. Tal vez tendría nuevas amigas...
No terminé el pensamiento. No quería ilusionarme con nada.
...
Los días pasaron rápido y estaba por terminar mi tercer día en la secundaria cuando un pensamiento me atravesó como un cuchillo: Los chicos de secundaria no se parecen a los de primaria.
Durante esos tres largos días, noté que muchos me miraban. No era una mirada casual, de esas que se cruzan sin querer. Era una mirada que recorría: mis piernas, mi pecho, mi trasero. Me hacía sentir incómoda, expuesta. Mi cuerpo había cambiado en el último mes. Lo notaba yo, lo notaban todos. En el espejo veía curvas que antes no estaban, una silueta que se alejaba cada vez más de la silueta infantil a la que me había acostumbrado.
Mi madre lo había dicho en broma una mañana, al verme frente al espejo ajustándome el uniforme: "Tus limones ya son naranjas." Yo había reído para no hacerla sentir incómoda, pero ahora no me hacía ninguna gracia. Era cierto. Mis pechos habían crecido más que los de otras chicas de mi edad. Mis caderas se habían ensanchado. Mi cuerpo se desarrollaba con una rapidez que no había pedido ni esperado.
En comparación con otras niñas de doce años, yo era… diferente. Más formada. Más notoria. Y eso me convertía en blanco de miradas.
Una maldición, pensé mientras caminaba por los pasillos, sintiendo los ojos de los chicos siguiéndome. No estoy lista para esto. Pensé. Y no sabía si lo estaría algún día.
Las clases también se complicaban. Matemáticas, en especial. Las funciones siempre se me habían escapado, y aunque conservaba algunos recuerdos de mi vida anterior, no bastaban. Era como aprender desde cero, pero con la frustración de saber que ya había dominado esas materias antes. Mi cerebro de niña de doce años no procesaba la información igual que mi cerebro de diecisiete.
Me concentraba mucho en mis clases para no pensar en mi situación. Para no pensar en que era un chico de diecisiete que un día despertó convertida en una niña de diez. Que había vivido dos años en ese cuerpo femenino hasta adaptarse. Pero ahora su cuerpo desarrolló curvas y comenzó a atraer demasiada atención masculina. Era todo un lío, ¿no crees?
...
El viernes, al salir sola después de una semana agotadora, noté a un grupo de chicos mirándome desde la esquina. No disimularon. Uno de ellos se separó del grupo y comenzó a caminar hacia mí.
—¿Te acompaño, mamacita? —gritó, con una sonrisa que no era amistosa.
Sentí que el estómago se me encogía hasta desaparecer. Había oído historias de mis amigas, de Mariana, de otras chicas. Había escuchado sobre acosadores en la calle, sobre piropos que no eran piropos, sobre el miedo de caminar sola. Pero vivirlo era otra cosa.
Apreté el paso, mirando al frente, rezando para que se aburriera y se fuera.
No lo hizo.
—Oye, mi amor, no me ignores —dijo ahora a escasos centímetros de mí. Podía sentir su presencia detrás, su aliento cerca de mi nuca—. ¿Te acompaño?
El pánico me paralizó. Iba a gritar, a correr, a lo que fuera… cuando una voz conocida me rescató.
—Hola, Juli.
Era Gabriel. Apareció de la nada, como si hubiera estado esperando el momento justo. Me saludó con un beso rápido en la mejilla —algo que nunca había hecho antes— y se colocó entre el acosador y yo con absoluta naturalidad.
—Me da gusto verte —dijo, ignorando por completo al otro chico—. No sabía que ibas en esta escuela. ¿Cómo has estado?
El acosador retrocedió, confundido. Nos miró un momento, como evaluando la situación, y luego se marchó sin decir más, derrotado por la indiferencia.
Yo apenas podía respirar. El alivio me golpeó con tanta fuerza que las piernas me temblaron.
—Gracias por eso —dije tras un largo silencio, cuando por fin pude articular palabra. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas, a punto de desbordarse.
Gabriel me miró con preocupación genuina. Verlo así, con esa expresión que antes reservaba para cuando alguien se lastimaba en el campo de fútbol, me golpeó más de lo que esperaba.
—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó.
Asentí, sin fiarme de mi voz.
Caminamos varios minutos en silencio. El sol comenzaba a caer, tiñendo las calles de naranja. A mi lado, Gabriel caminaba en silencio, respetando mi espacio, pero lo suficientemente cerca para que yo supiera que no estaba sola.
Hasta que él se animó a hablar.
—Te vi los días anteriores —confesó, sin mirarme—. En los pasillos, en la entrada. Pero no sabía si seguías molesta por lo de antes. Además… dudé que fueras tú. Cambiaste mucho en un mes. Es decir, tu cuerpo…
Entendí a qué se refería. Mis caderas, mi pecho, todo eso que me había convertido en blanco de un acosador hacía apenas unos minutos. Todo eso que yo misma apenas comenzaba a aceptar.
—Quiero decir… no nos habíamos visto desde el baile —corrigió, torpe—. Y no sabía si querías hablar conmigo.
Ambos recordamos ese momento. El vals, el vestido azul, el beso. El silencio se volvió espeso, cargado de todo lo que no decíamos.
Pero Gabriel volvió a intentarlo.
—Solo quiero que sepas que no olvido quién eres —dijo con una seriedad que no le había escuchado antes—. Este hechizo… hace que esté un poco enamorado de ti. Y eso es raro. Muy raro. Pero no puedo hacerte eso. No con todo lo que estás viviendo. No permitiré que pases tu vida como una chica...
—Gracias—murmuré. La garganta me ardía. No quería hablar más. No quería llorar delante de él.
Pero él insistió.
—En medio año cumpliré doce. Después solo faltarán cinco años para que podamos pedir que vuelvas a tu cuerpo. Fingiremos que esto nunca pasó. Seremos solo amigos. Y ya.
Le costó decirlo. Lo vi en su expresión, en la forma en que apretó los labios al terminar la frase. Pero lo dijo.
Sentí una extraña mezcla de alivio y tristeza. Mi amigo también estaba luchando. También se sentía atrapado en esta situación absurda. No era el único que batallaba contra sentimientos que no había pedido tener.
—El hechizo también me hace estar bastante enamorada de ti —confesé al fin, sin mirarlo. Recordé brevemente los sueños, los besos que no podía evitar, la humedad entre mis piernas al despertar. Bajé la voz—. Pero sería raro… muy raro… que fuéramos algo más. Lo mejor será luchar contra estos sentimientos hasta que yo vuelva a ser un chico.
Pensé en lo que significaba. Cinco años y medio reprimiendo emociones, deseos, sentimientos. Cinco años y medio deseando besarlo, y quizás algo más, sin poder acercarme. Pero si eso significaba volver a ser un chico, volver a ser Romeo, si eso significaba recuperar mi vida… valía la pena.
¿O no?
La duda apareció sin avisar, pequeña pero insistente. La aparté.
Cuando llegamos cerca de mi casa, nos detuvimos en la esquina. Nos despedimos como antes: con un apretón de manos rápido, torpe, familiar. El mismo gesto de siempre, el que habíamos usado desde niños.
Ambos fingimos que nuestro plan funcionaría.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí menos sola.

No hay comentarios:
Publicar un comentario