La apuesta que perdí, aquel juego de confianza donde me puse a cuatro patas sobre el sillón para que Iván recorriera mi cuerpo con sus dedos, me dejó confundida. Un calor húmedo y vergonzoso se instaló en mi entrepierna. Hace apenas tres meses, yo era un hombre y las apuestas que perdía eran sobre actos de irreverencia masculina. Ahora eran sobre humillarme, sobre volverme sumisa. Y la parte más aterradora, era que me estaba gustando. Deseaba que me tocara de nuevo y que por fin me besara.
Por suerte, después de eso, tuvimos unos días de tregua. Iván y yo fingimos que no había pasado nada, una frágil normalidad que se quebró el viernes. Fuimos a un bar a ver el Barcelona vs. Real Madrid. Yo iba con mis jeans y una blusa holgada, mi ropa cotidiana. Aunque pagando mis apuestas me había puesto lencería femenina, en mi día a día nunca había usado una falda o un vestido.
Cuando sonó el silbato inicial, él se inclinó hacia mí, su voz un susurro cargado de malicia. "Apuesta. Si mi Barcelona le gana a tu Real Madrid, usarás la ropa que te traje en mi mochila el próximo día que vaya a visitarte. Te la dejarás todo el tiempo que esté yo allí. Si gana el Real... haré lo que tú quieras."
Tal vez eran las dos cervezas que había tomado, tal vez el eco de aquel juego en el sillón, pero asentí. "De acuerdo."
Dentro de mí, una voz gritaba de incredulidad. ¿Qué clase de ropa, más humillante que la lencería negra podría tener en esa mochila? Pero otra parte, la que había anhelado el roce de sus manos, empezó a tejer fantasías. Si ganaba mi equipo... ¿qué podría exigirle? ¿Que confesara que esto era más que un juego para él? ¿Que me besara con la misma intensidad con la que me sometía?
El partido se desarrolló en un torbellino de gritos y jugadas. Cada ataque del Barça era un latigazo de ansiedad; cada jugada de mi Madrid, un soplo de esperanza. Y en medio del barullo, me di cuenta de que, por primera vez, no solo estaba jugando por evitar un castigo. Estaba jugando por definir lo que sería lo siguiente entre nosotros.

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