—¿Puedo ponerme otra cosa, por favor? Me siento ridícula con este atuendo —le digo a mi mejor amigo y mi roomie, aunque en el fondo sé que no es del todo verdad.
—No te ves ridícula, cariño —responde él, con esa sonrisa que me desarma.
—Claro que dirías eso. Tú eres la razón por la que llevo esta porquería. Este vestido es muy corto y estos tacones hacen difícil caminar… —miento. Caminar es fácil ahora. Lo difícil es aceptar que ya no soy el chico que fui.
—Ay, no finjas que no te gusta. Ambos sabemos que te encanta.
Y ahí está la contradicción. Porque sí, me gusta. Pero solo para ocasiones especiales, me repito. Aunque cada día con él es una ocasión especial. El problema es que por dentro todavía soy un hombre. Un hombre al que no le gusta sentirse bonito. O bonita. No sé.
—Mira, Yael —dice León, cambiando de tono—. Ve al dormitorio y ponte tus pantalones viejos. Si te caben, puedes volver a vestirte como quieras. Pero si no…
—¡Eso no es justo! —lo interrumpo—. Sabes que mi ropa ya no me queda bien. El Gran Cambio me volvió pequeña, delicada, con piel suave… y estos senos que no pedí pero que ahora son míos.
León se acerca. Me toma la barbilla con suavidad.
—Además te quedaste sin trabajo. Te dije que podías vivir aquí siempre que siguieras mis indicaciones. Lo tomas o lo dejas. O puedes admitir que te gusta pavonearte en esos vestidos cortos y que te mire…
Trago saliva. Él sabe la verdad antes que yo.
—Sí… supongo que me gusta cómo… me miras cuando estoy así.
—Sé qué más te gusta —susurra, y su mano baja por mi cadera—. ¿Qué tal si vamos al dormitorio y te vuelvo a hacer mía? ¿O vas a fingir que tampoco te gusta?
Mi corazón late rápido. El hombre que fui grita que esto no debería gustarme. Pero mi cuerpo de mujer tiembla por él.
—No… quiero decir… sí, si eso es lo que quieres, podríamos hacerlo —respondo, con la voz rota.
—Oh, por favor —ríe contra mi oreja—. Sé que deseas que esté dentro de ti.
Cierro los ojos. Y por un segundo dejo de pelear conmigo misma.
—Yo… eh… ¡sí! —suspiro—. Si te deseo.

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